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Twin Peaks: de finales abiertos y espectadores indignados

By 17 marzo, 2017cine, general

Casi 10 años antes de Los Soprano, y casi 15 antes de Perdidos, ya existió una serie de televisión capaz de exacerbar el entusiasmo de medio mundo y la indignación del otro medio, debido a un polémico final que dejaba sin resolver varias de sus líneas argumentales.

Tras la emisión del último episodio de Twin Peaks en 1991, legiones de televidentes, que, semana a semana, habían seguido cada capítulo, se sentían traicionados y ponían el grito en el cielo, clamando: “¡esto es una tomadura de pelo!”.

Quienes se mostraban tan soliviantados no debían conocer a David Lynch, pues de otro modo hubiesen anticipado que una historia emanada de su mente difícilmente terminaría con un “chispún”, al estilo de Shrek y sus amigos cantando “I’m a believer”.

Y es que ajustarse a esquemas tradicionales nunca ha sido del interés del director de Montana. De hecho, todas sus películas (con la notable excepción de“Una historia verdadera”) se caracterizan, no ya por finales poco conclusivos, sino por planteamientos y desarrollos absolutamente excéntricos. Esta marca de la casa, que alcanza su punto álgido en “Mulholand Drive” (2001), vendría a encuadrar su obra en el no-género del “cine de autor”, sin que por ello nadie hubiera de rasgarse las vestiduras. Claro que aplicar semejante fórmula a un producto televisivo, en horario de máxima audiencia y a principios de los 90, eran palabras mayores.

¿Genialidad o burla? Disyuntivas de este tipo no son novedosas en el mundo del arte. Marcel Duchamp, Jackson Pollock, o el mismísimo Picasso por sólo mencionar algunos fueron reverenciados y ridiculizados a partes iguales, por concebir creaciones que se apartaban, o incluso subvertían los cánones establecidos en su tiempo.

Naturalmente, la cuestión no se puede resolver de manera unívoca, pues nada hay más subjetivo que el hecho de la apreciación artística. Cada cual tiene su opinión, incluido quien escribe estas líneas, que apenas era un adolescente cuando la serie se emitió en España (en el Telecinco del Pressing Catch y las Mamachicho), y que, ante el anuncio de una nueva temporada (se estrenará el mes de mayo), se ha puesto manos a la obra y ha revisado, en tiempo récord, los 30 capítulos de los que apenas tenía recuerdos fragmentarios.

Trataré de resumir mis impresiones sin incurrir en los temidos spoilers, pese a tratarse de un producto que pronto cumplirá un cuarto de siglo.

Esta antigüedad es, precisamente, la primera característica que salta a la vista. Una historia maravillosa lo sigue siendo por mucho que pasen 25, 50 o 700 años, pero los códigos que rigen el lenguaje audiovisual y narrativo evolucionan a velocidad de vértigo. Lo que ayer resultaba revolucionario deviene convencional pasado mañana. Twin Peaks no es ninguna excepción, y en el desarrollo de varias subtramas incurre en una marcada previsibilidad para el avezado espectador contemporáneo. Por otra parte, el tratamiento de aspectos como la violencia o el erotismo rezuma un toque naif que, dependiendo del momento, puede suscitar cierto grado de hilaridad.

Estas consideraciones no restan un ápice de fuerza a la trama principal, construida –todo sea dicho– con elementos de sobra conocidos: un pueblo donde nunca pasa nada, un asesinato, múltiples sospechosos, lugareños cargados de secretos y algunas pinceladas de corte sobrenatural… El caldo de cultivo perfecto en el que se fragua la madre de todas las preguntas, la misma que se hizo viral muchos años antes de que conociésemos el significado de la palabra viral:

¿Quién mató a Laura Palmer?”

Ante un interrogante de este tipo, sabemos por Agatha Christie que no hay nada mejor que combinar una buena recua de sospechosos con un investigador carismático. Los personajes y las relaciones que se establecen entre ellos son uno de los puntos más interesantes del guión. Un afable agente del FBI con percepciones extrasensoriales, una enigmática mujer que se comunica con un tronco, un general con contactos extraterrestres, o uno de los villanos más aterradores que se hayan visto en una pantalla son algunos de los perfiles que desfilan por esta soap opera, ejerciendo una atracción irresistible sobre el espectador.

Pero si hay algo que hace única a esta serie es la atmósfera, envolvente e hipnótica, presente en cada minuto del metraje. En esto a Lynch no hay quien le tosa. Nadie como él sabe combinar lo luminoso y lo sombrío, lo risueño y lo terrorífico, lo racional y lo disparatado, para dar lugar a universos insólitos e inexplorados. Nadie como él para despertar los resortes de nuestra fascinación, sortear los vericuetos de la razón e impactar, sin filtros, en nuestras emociones más recónditas… ¿acaso no es esa la razón última del arte?

Y luego está el tema del final, claro… No entraré en posibles interpretaciones, pues, al fin y al cabo, internet está atestado de ellas. Con una simple búsqueda en Google encontrarán hipótesis de lo más variopinto. Pero les propongo un ejercicio: pongámonos en lo peor. Supongamos que el final de Twin Peaks, efectivamente, fuese una boñiga. ¿Invalidaría eso el conjunto de la serie? Una historia que nos ha hecho vibrar, sufrir, emocionarnos, reir, que ha despertado nuestro asombro, nuestra expectación y nuestro desasosiego durante meses, si no años… ¿pierde toda virtualidad por una conclusión, digamos, dudosa?

No aspiramos a dar una respuesta. Somos mucho más humildes que todo eso, y nos conformamos con formular las preguntas correctas. Eso sí, conviene recordar que, como dijo Roy Goodman (¿o acaso fue Buda?):

La felicidad es una forma de viajar, no un destino.”

El próximo 21 de Mayo, 25 años después de la última sonrisa del agente Cooper, Showtime estrenará la tercera temporada de Twin Peaks, en plena Edad de Oro de las series de televisión. ¿Se resolverán, al fin, los misterios que quedaron pendientes hace más de 2 décadas? ¿O, más bien, se dará rienda suelta a un sinfín de nuevos galimatías? ¿Surgirá una nueva generación de televidentes indignados? ¿O, por el contrario, las cotas de genialidad nos abocarán, irremisiblemente, al síndrome de Stendhal?

Les emplazo a debatir al respecto dentro de unos pocos meses, en una habitación roja, con una una taza del mejor café del mundo y una porción de tarta de cereza.

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