El poeta hambriento: Bird on the wire en Zaragoza

By 20 septiembre, 2016cine, general, musica

A principio de los setenta Leonard Cohen eran un poeta hambriento: tenía hambre de mujeres, de tóxicos y tenía hambre de escenario. Para saciar las tres cosas tenía su guitarra y un rostro afilado. Y el regalo de los dedos dorados. Porque sus diez dedos eran pegajosos emisarios de su cuerpo, atrapaban al vuelo lo que se movía a su alrededor. El final de la utopía, el desgarbado futurismo que vendría de Marte y las fotos de las nuevas estrellas de Hollywood. Leonard Cohen a principios de los setenta se reía de los brasas del Village, de los alucinados y de los dinosaurios y su cometido preciso era la conquista disciplinada de la ropa interior femenina.

El tono monocorde en la voz, la guitarra asmática y temblada al tono que marca el recuerdo del frío de Montreal, herramientas de trabajo, como el impermeable azul que luce en el imaginario mundial cerca de la olivetti portátil, su compañero fiel en aeropuertos e islas griegas. En la gira del 1972 Leonard Cohen tenía mi edad y para él el Holocausto estaba más cerca que Naranjito. La avalancha de la ceniza había cubierto todas las huellas de las alcobas visitadas pero necesitaba más, necesitaba más speed para terminar las novelas, más frutos secos y más anfetas para perder peso, más flores mustias en la repisa para los nuevos accesorios en los altares.

Bird on the wire es uno de esos documentales totales por lo aleatorio del momento seleccionado, por el profundo poso que dejará en el maestro en los años siguientes, cuando vea morir a los mitos de la cultura pop mientras se retuerce del placer que nunca le hubieran proporcionado sus versos en papel. El pájaro camina sobre el alambre, tan afilado como las cuerdas de un violín, como la garganta de ron de sus coristas, como el aroma de nuez y aceites que exhalan la vegetación de sus amantes.

El poeta hambriento se detiene un momento en Zaragoza. No sé si me reconocerá, no sé si seré capaz de reconocerle.

Leave a Reply

X