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Cuando Tammi encontró a Marvin (y viceversa)

By 16 marzo, 2016general, musica

Thomasina Winifred Montgomery, más conocida como Tammi Terrell, quien llegaría a ser –aún de manera fugaz– una de las estrellas más rutilantes de la Motown, nació en Philadelphia un 29 de abril de 1945. Y, a priori, no era una mala época para venir al mundo. Salvo que vivieras en Hiroshima, claro. Entonces estabas jodido. Pero en los EEUU, la cosa pintaba bien. Siempre que fueras blanco, eso sí. Ains, ni siquiera he comenzado y ya me estoy liando…

Para hacernos una idea de como estaban los tiempos, tengamos en cuenta que ese mismo día Hitler y Eva Braun se casaban en un agujero de Berlín, bajo una  lluvia de cohetes Katyusha. Unas horas después, partirían de luna de miel con destino al infierno, tras reventarse él la tapa de los sesos con una Walther PPK de 7,65 mm, e ingerir ella una dosis de cianuro capaz de tumbar a un elefante. La capitulación de Alemania era un hecho, como lo fue –sólo 3 meses y 2 bombas atómicas después– la del Imperio del Sol Naciente. La guerra llegaba a su fin, y eso había que celebrarlo.

Con los muertos del Enola Gay todavía calientes –al menos, los que no se  desintegraron–, América se echaba a la calle para recibir a sus héroes en multitudinarios desfiles llenos de confetti, majorettes y fanfarrias. La fotografía de un marinero besando a una enfermera era la imagen icónica de una nueva era de llena de paz, prosperidad, familias sonrientes, televisores, viviendas unifamiliares que nunca se cerraban con llave, barbacoas en el jardín, guantes de baseball, boy  scouts, cadillacs y batidos de fresa.

En aquellos días también se redactó la Carta de San Francisco, cuyo preámbulo parecía dar lugar a la mismísima era de Acuario:

Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a la generaciones venideras del flagelo de la guerra (…), a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas…”

Etcétera, etcétera.

El horror había quedado atrás, y, de un día para otro, el mundo era una fiesta.  Y (casi) todos estaban invitados. El tiempo del capitalismo feliz y el sueño americano había llegado,. Cierto que aquella felicidad, destinada a ser perpetua,  duró apenas un suspiro –cinco minutos después ya andábamos enredados con  Corea, Vietnam, y la Guerra Fría–, pero hay que reconocer que la imaginería de la época rezuma un encanto naif irresistible.

Nada de esto importaba a la joven Thomasina, que desde muy pequeña evidenció que lo suyo era la música. Como buena artista negra de su generación, comenzó a actuar en público en el coro de la iglesia. Apuntaba maneras, así que sus padres le apuntaron a clases de canto, y a los 11 años ganó su primer concurso de talentos infantiles.

Ese mismo año, tuvo su primer encuentro con la desdicha. Se iniciaba una tendencia que sería una constante a lo largo de su vida: a cada gran alegría, sobrevenía una desgracia mayor. Regresando a casa tras una fiesta en el vecindario, fue asaltada por 3 indeseables que le violaron en un descampado. Por si fuera poco, en esa misma época comenzó a sufrir terribles dolores de cabeza, un problema que ya nunca le abandonaría.

Pese a todo, Tammi (adoptó este nombre a los 12 años, tras ver la película “Tammy, la muchacha salvaje”) ganó varios concursos más, y a los 13 ya actuaba con regularidad en varios clubes de Philadelphia, llegando a telonear a artistas como Gary “U.S.” Bonds o Patti Labelle. En 1961, Luther Dixon –productor de, entre otros, The Shirelles–, la fichó para la Wand Records, donde grabó singles tan maravillosos como “If you see Bill” o “Voice of Experience”.

1962 marcó otro hito en su vida. Un tal James Brown –que acababa de saltar al estrellato tras su concierto en el Apollo–, quedó cautivado por su voz tras asistir a una de sus actuaciones, y le ofreció incorporarse  a su banda como corista. Una oportunidad así no se podía dejar pasar, por lo que la joven Tammi se embarcó en la gira del Padrino del Soul. Por desgracia, también se embarcó en una tormentosa relación sentimental con el susodicho, que  desembocó en repetidos abusos y malos tratos. Terminó regresando con su familia un año después, después de una noche en la que Brown le propinó una violentísima paliza después de una actuación.

Tras las calamidades sufridas, Tammi se planteó una vida al margen de la música, y en 1964 se matriculó en la Universidad de Pensilvania. Pero la cabra tira al monte,  y pronto estaba de nuevo en el estudio, grabando junto a Jimmy Radcliffe “If I would marry You”, y actuando en clubes como el Twenty Grand de Detroit. Precisamente en el Twenty, una noche de abril de 1965, recibió la visita de Berry Gordy, el hombre fuerte de la Motown, que le ofreció firmar por su sello, lo que venía a ser el no va más para cualquier artista negro de los 60.

Fue en esta época cuando cambió su nombre artístico de Tammi Montgomery a Tammi Terrell –le parecía que resultaba más sensual–, y alcanzó una notable popularidad con canciones como “I Can’t Believe You Love Me”, “Come On and See Me”, “All I Do (Is think about you)” (que terminaría convirtiéndose en hit de la mano de Stevie Wonder) o “This Old Heart Of Mine”.

Mientras su carrera florecía, su vida personal seguía dando tumbos. Inició una relación con David Ruffin, mítico cantante de The Temptations, con quien llegó a estar prometida. El problema vino cuando descubrió que éste llevaba hasta tres vidas paralelas, pues ya estaba casado y tenía tres hijos, además de otra novia en Detroit. Por si no fuera suficiente, la relación degeneró en un maremágnum de violencia, tocando fondo en 1967, cuando Ruffin golpeó a Terrell en la cara con el casco de su moto, resultando en la ruptura definitiva.

Como si fuese víctima de alguna maldición, de nuevo un paso adelante en su carrera venía acompañado de una desgracia en su vida personal. Los hados se burlaban de Tammi, arrebatándole la felicidad cada vez que la acariciaba. Y sin embargo, algo bueno estaba a punto de suceder. En aquellos días, iba a aparecer en su vida una persona clave, junto a quien saborearía las mieles del éxito, y experimentaría una forma de amar completamente distinta a cuanto había conocido. Se trataba un joven de Whasington, apuesto aunque algo retraído, que venía despuntando en la Motown. Un joven llamado a marcar la vida de Tammi, y a cambiar, para siempre, la historia del soul. Su nombre era Marvin Gaye.

Marvin había llegado a la Motown en 1961, como acompañante a la batería de otros artistas como The Miracles o The Marvelettes. Pronto grabó algunos temas en solitario, cosechando, a partir de 1962, considerables éxitos como “Hitch Hike” o “Pride and Joy”. La fama internacional le llegaría en 1963 a raíz de “Can I Get a Witness”.

A partir de 1964, quizás por su aspecto de chaval adorable, las cabezas pensantes de la compañía consideraron que su perfil resultaba idóneo para explotarlo en duetos, acompañando a algunas de las estrellas femeninas de la época. Grabó varios álbumes en este formato, como “Together” con Mary Wells o “It Takes Two” con Kim Weston.

Pero lo mejor estaba por llegar. Y llegó a finales de 1966, cuando Berry Gordy tuvo la feliz idea de emparejar a Marvin con Tammi Terrell. Resultado de esta colaboración llegó una de las canciones más exitosas de la historia de la Motown, y, por extensión, de la música popular contemporánea:

“Ain’t no mountain high enough” se convirtió en un éxito  de inmediato. Pero el dúo Gaye-Terrell  era mucho más que un triunfo comercial. El público veía en ellos la pareja perfecta. La química entre ambos era tan evidente que trascendía lo musical. América se enamoró al instante de esa pareja de jóvenes guapos –y negros–. No es de extrañar que los rumores sobre su romance se hiciesen persistentes.

Y, sin embargo, contra todo pronóstico, esa relación nunca tuvo lugar. Como atestiguan de manera unánime cuantos les trataron en la época, la complicidad entre ellos era muy real, pero su relación era más bien de mejores amigos, incluso fraternal. Nada más. ¿No resulta entrañable? A mí sí me lo parece.

Fíjense en el vídeo. En serio, véanlo detenidamente. Quédense con cada detalle. Con cada gesto. No sé para ustedes, pero para mí rezuma una inocencia deliciosa. Es algo hipnótico. Veo a dos niños que se gustan, pero que a la vez sienten vergüenza –sobre todo él– de expresar sus sentimientos. El niño está loco por la la niña, pero se halla totalmente cohibido. Como si supiera que sus amigos le espían desde la distancia. Ella se muestra dura al principio, y luego baila, pizpireta, como haciéndose la loca, pero no puede disimular que se siente complacida. En varias ocasiones, él la mira de reojo. Y aunque un par de veces sus miradas se cruzan,  él no aguanta por mucho tiempo. La situación le supera. Vaya si le supera. La sonrisilla nerviosa no se borra de su cara. Ella parece decir “bésame, tonto”. Y en el minuto 2:01 parece que va a hacerlo. Fíjense bien, hace un extraño con la cabeza. Pero al final no se atreve. Mecachis.

Los veo, una y otra vez, y me parece que son seres maravillosos, resplandecientes, luminosos. A la mierda con el mundo, con las guerras, con los malditos demonios que siempre les atenazaron. Esta canción representa una escena fuera del tiempo y del espacio, en el que sólo existen ellos, Tammi y Marvin, Marvin y Tammi, y no hace falta nada más, porque todo es perfecto. No sé que ven ustedes. Yo veo amor en estado puro.

La sociedad Terrell-Gaye dio lugar a otros grandes éxitos como “If I Could Build My Whole World Around You”, “Your Precious Love”, “Ain’t Nothing Like The Real Thing” o “You’re All I Need To Get By”. Todos ellos destilaban la magia de “Ain’t no mountain”. Sin duda, estos dos estaban llamados a hacer historia. Pero la buenaventura, otra vez, iba a resultar efímera.

El 14 de Octubre de 1967, durante una actuación en Farmville (Virginia), Tammi perdió el conocimiento en el escenario, desplomándose sobre los brazos de Marvin. Pocos días después, le era diagnosticado un cáncer cerebral, relacionado con las migrañas que venía sufriendo desde niña. Durante los 2 años y medio que siguieron, puso toda su energía en luchar contra la enfermedad, llegando a encadenar 8 operaciones consecutivas. Entre las distintas intervenciones, todavía tuvo tiempo para volver al estudio de grabación, hasta que en 1969, con su salud muy deteriorada, hubo de retirarse de la música. Finalmente, el 16 de marzo de 1970 –tal día como hoy de hace 46 años–, fallecía en el Philadelphia’s Graduate Hospital a la edad de 24 años.

La muerte de Tammi sumió a Marvin en una profunda depresión. Se refugió en las drogas y el alcohol. Abandonó durante un año su carrera musical y, durante casi tres, no volvió a pisar un escenario. “En cierto modo, yo morí con ella” –declaró. Y era cierto.

Cuando reapareció, era una persona distinta. No quedaba nada de aquel chico tímido. El nuevo Marvin era desafiante, enérgico, provocador.  Rebosaba carisma, sexualidad y mala leche. Ya era el Marvin que todos conocemos, el de Sexual Healing, Let’s Get It On, Heard It Through The Grapevine y tantas otras.  Se enfrentó a la Motown, rechazando trabajar con ellos hasta que cubriesen los gastos pendientes de la enfermedad de Tammi.  También les exigió mayor libertad creativa, lo que se tradujo en la incorporación de temáticas de carácter político y social a su obra, que se reflejaron en “What’s Going On”, considerado uno de los discos clave de la historia del soul. Gaye continúo acrecentando su leyenda, dando rienda suelta a su genio incontenible, hasta que en 1984 tuvo su propio encuentro con la tragedia, resultando asesinado por su padre tras una discusión familiar. Pero esa ya es otra historia.

La biografía de Tammi Terrell deja poco lugar para la esperanza. Como otras grandes damas de la música negra (Bessie Smith, Billie Holliday, Withney Houston o Amy Winhouse –sí, Amy también era negra–) su entera existencia parece una cruel broma del destino.  Me gusta pensar que, al menos durante el intervalo de tiempo que transcurrió desde que conoció a Marvin hasta que le fue diagnosticada la enfermedad, experimentó algo remotamente parecido a la felicidad. Que mi percepción de aquella gestualidad infantil de “Ain’t no mountain” es certera. Que, aunque fuera por un instante, tuvo ocasión de volver a ser niña y vivir la más grande historia de amor jamás contada. No se molesten en contradecirme. En el fondo, soy consciente de que mi lectura responde a una ensoñación. Que, con toda probabilidad, aquellas expresiones cándidas respondían a los designios de un director de arte con aires de Mago de Oz. Pero, qué demonios, déjenme disfrutar de mi ingenuidad. Al fin y al cabo, nadie sale dañado. Para la prosa, para la fatalidad, para que los reyes sean los padres, siempre hay tiempo.  Déjenme disfrutar de la ilusión. De las majorettes y el confetti. De los marineros y las enfermeras. De los cadillacs y los batidos de fresa.

5 Comments

  • Me pregunta esta web sin tengo “algo que decir” y digo: BRAVO!

    Escriba usted más y más y más. Sobre cualquier cosa, pero escriba.

  • Me honra usted sobremanera. Trataremos de dar satisfacción a sus amables requerimientos 😉

  • Alex dice:

    Sabía algo de la historia, pero me ha encantado leerlo! Gracias por el artículo.

  • pilar dice:

    Yo lo que veo es que Tamy esdtá actuan do y ella ya no se cree lo que dice . Se m uestra muy escéptica interpretando algo que no corresponde a sus vivencias personales y que otros han escrito para ella y su compañero.
    Ellos son actores de una obra musical que les ha sido propuesta por encargo y ha sido aceptada.ellos la han preparado muy bien y se erncuentran cómodos juntos. todo locómodos que un hombre y una mujer negra que está herida de desconfianza en los hombres y el amor puede estar. Apenas segundos intermitentes ella se deja llevar y disfruta . En general, a lo largo de la canción sus ojos y expresion denotan más bién el desencanto de la que está de vuelta de demasiadas cosas y que esa ingenuidad de la canción a pesar de su juventud ya le queda grande debido a sus dolores físicos y sicológicos que ha venido padeciendo desde muy temprano. Apenas unos destellos, como digo, de auténtico abandono feliz, en algun momento de la interpretación pero, eso sí, se encuentra cómoda con él ; hay feeling y, respeto , profesionalidad y seguramente amistad entre ellos.

  • Fernando dice:

    Precioso artículo. Tengo la misma percepción- Muchas gracias

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