Alejandro ‘Espina’: adiós a una época

By 15 marzo, 2016general, musica

Sabíamos que La Parca, abyecta y caprichosa, llevaba ya algún tiempo empecinada en arrebatarnos pedazos de nuestra existencia a los amantes del rock. En cuestión de semanas, se había llevado a Lemmy, a Bowie, a Glenn Frey, a George Martin y a Keith Emerson, entre otros. Así enumerados, se diría que estamos ante un mero inventario, una burda letanía de nombres. Como si detrás de estos nombres no estuviera la esencia misma de nuestra historia, los vestigios de nuestras vivencias, la crónica de medio siglo de música y emociones.

Pero lo de Alejandro es peor. No sólo porque se haya ido de repente, sin ningún motivo, a la trágica edad de 45 años. Ni porque nos coja más de cerca la muerte de un chaval de Oviedo que la de un artista británico al otro lado del charco. Ni porque, lejos de las extravagancias de las estrellas, Espina –había heredado el apodo de su padre– fuese un tío normal, en el que, fácilmente, podemos reconocernos a nosotros mismos. Hay más. Y es que Motorhead, Bowie o los Eagles pueden formar parte de nuestra historia. Pero Ilegales forma parte de nuestra identidad.

A título personal, evocar a Ilegales me traslada a mediados de los 90 –la misma época en la que Alejandro se incorporó a la banda–. Por aquel entonces, ya atesoraban una trayectoria de 15 años on the road y eran unos de los referentes del rock contestatario –y, sin embargo, elegante– de nuestro país. Su leyenda se había fraguado con creces durante la década anterior, pero los 80 –por suerte– me pillaron demasiado joven. Así que fue hacia 1995, cuando, en plena (post)adolescencia, comencé a frecuentar garitos “poco recomendables”, en los que el humo portaba extraños efluvios y el kalimotxo era el elixir sagrado en torno al que giraban todos los rituales.

En estos locales escuché por primera vez, a grupos como Extremoduro, Los Enemigos, o Ilegales. Y fue todo un advenimiento, porque, como a tantos otros, me habían enseñado que el rock español era aquello que llamaban La Movida. Y nada más.

Y, de pronto, descubríamos aquellas bandas que no sonaban por la radio, ajenas a modas y etiquetas, cargadas de buena música y mala leche, que transmitían en sus letras algo más que obviedades, y tenían al frente a tipos fascinantes como Robe, Josele o Jorge… ¡demasiados estímulos para nuestras jóvenes mentes! ¿cómo no nos iban a marcar la vida?

Cierto que con el paso del tiempo mis gustos musicales se fueron diversificando. Pero nunca les perdí la pista a aquellos grupos que marcaron una época tan significada de mi vida, entre ellos Ilegales. De algún modo, sentía que formaban parte de mí mismo. Que yo crecía y evolucionaba a la par que lo hacía su música. Que a cada paso que dábamos, renovábamos nuestra complicidad. Por eso, la muerte de Alejandro supone una doble puñalada. Se nos ha ido un gran tipo, y un músico excepcional, pero también una parte esencial de nuestra vida.

Descanse en paz Alejandro ‘Espina’ Blanco.

Y larga vida al rock n’roll.

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