Zaragoza Psych Fest V: Mil horas junto a los hombres de las praderas

By 12 septiembre, 2017arte, general, musica

¿Es posible comenzar algo asumiendo su final? Es luz fogosa lo que termina fundiendo la bombilla, la banda cremosa que desliza su nombre en un cartel monumental, un grupo que toca arreglos escritos en oro con incrustaciones de carne y sangre. Lujuriosos de la electricidad acabamos dejando nuestro sello en las esquinas de los desiertos, reverenciados por el polvo que salta de la funda acartonada de la tecnología hasta nuestro tocadiscos.

Te hablo de revisar veinte años de ruido y melodía con unos corros que arrastren burbujas sobre nuestras cabezas, arabescos que van desde el loco Abdul Alhazred y sus visiones cósmicas hasta ver a Brian Eno masticando blues con sus cintas magnéticas arriba y abajo. Eso somos, cintas y grapas, bobinas magnéticas y tinta seca en el soplido final de la civilización. Como una tribu minúscula que avanza desde las vísceras del gigante hasta su piel, buscamos un hueco en un mundo muerto que ha olvidado las antiguas prácticas: el corte del acetato y el verso matemático, el olor de las lejías que dan color a las fotografías o el arcano que se trasluce a través del papiro.

La psicodelia exige autorreferencia y reciclaje, revolviendo entre la basura digital encontrarás crónicas de las tribus del desierto o máquinas novas que cuecen a fuego lento los más ácidos sueños de los Hurricane Heart Attacks. Pop pánico pasado por secuenciadores, películas de serie zeta japonesas o Warren Ellis en Portugal si escuchas a 10000 rusos.

Olvídate de los instrumentales de relleno, de la adicción al ruido de fondo del televisor de tu abuela, los arreglos compuestos por móviles de primera generación…acércate a la lírica escuálida, al caos repetitivo por iteración fractal y a la epilepsia neuronal, como un pez que boquea en un mar de nítrico. Hablamos hace tiempo el antiguo idioma de los alcoholes y el láudano, recitamos en los oídos de ninfas que en su matrimonio son más felices que trasnochando, acumulamos atriles para recitales como quien construye la última de las barricadas. Sin ansias de revuelta, solo buscamos la belleza y las formas, el acorde perfecto, el recuerdo último, el blanco y negro que derrote al tecnicolor de la alta definición.

Recuerda a Dylan de ácido, con las cejas pintadas, en un sótano infecto junto a Jerry García en el invierno de 1987, esperando que el mundo terminara, balbuceando versos paganos y entenderás cómo se puede abrir la cala del diablo sin libro de instrucciones.

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