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Razones para amar a Eric Sardinas

El recaudador de almas comparece ante el respetable, pluma en sombrero, ni muy indio ni muy vaquero, pero ambas cosas a la vez.

Caballero de fina estampa, bien podría confundirse con aquel sombrerero loco por quien Alicia bebía los vientos. Flanqueado por bajo, batería, bandera y Marshall —¿para qué más?—, pregunta si estamos listos, e insensatos de nosotros, le respondemos que sí.

Y después… ¿para qué seguir? Ni Gryffindors ni Slytherins, la magia no es algo que se aprenda. Se nace con ella o se nace sin ella. La ostenta el que puede, y el que no que aplauda. Y allí estaba yo. Aplaudiendo, claro.

Eric Sardinas no toca la guitarra. Ni el dobro. Eric hace el amor con su instrumento, y por extensión, con cuantos tienen el privilegio de escucharle. Venía a por nuestras almas, y a los cinco minutos ya se la habíamos entregado. Con lo que no contábamos era con que también nos robase el corazón.

Nada más lejos su perfil del genio altivo, del divo impostado, del becerro de oro. Más bien se asemeja a ese dios travieso que gusta de mezclarse con mortales a la mínima ocasión.

Sus acordes llevan el sello de las leyendas. Se diría que BB King, Pinetop Perkins, o Sonny Terry hubieran ocupado el escenario. Y sin embargo, allí sólo se ve a un jovenzuelo —no insistiré sobre la idea del pacto con el Diablo— que a mitad de su carrera, ya tiene un asiento reservado en la Eternidad.

Cosas que suceden un miércoles cualquiera en ese lugar de poder, en ese vórtice energético que es Las Armas. Que un dios te toque una nana titulada Roadhouse Blues antes de irte a la cama.

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