Prince

By 22 abril, 2016general

El amor por la música, por abrazar todas las posibilidades de la música, por exprimirla. Siempre he pensado que quien de verdad ama la música sabe al menos tocar un instrumento. Lo entiendo como una demostración de largo trabajo invertido en ensalzar una pasión muy conveniente. Y la lista de músicos que dominan más de uno es extensa: Paul McCartney, Pete Townshend, Stevie Wonder, Calamaro, Phil Collins, Lenny Kravitz o Beck, entre otros y por mencionar a los vivos. Pero así como ellos sobresalen por su arte con un instrumento en particular además de tocar muy bien muchos otros, siempre he pensado que había una tríada infalible a la que se le puede aplicar, con cierto rigor, la calificación de virtuosos en más de uno: Mike Oldfield, Matt Bellamy y Prince.

No deja de ser una opinión muy personal (¿cómo podría yo afirmar que a Plácido Domingo no le interesa la música?) pero es lo primero que me vino a la mente cuando supe del fallecimiento de Prince, además de la mención al aciago año que estamos viviendo. Sólo un verdadero enamorado de su disciplina sabe manejar tantas herramientas y tan bien como lo hacía Prince. Y sólo un fervoroso defensor de su propio ingenio podría atrincherarse en su creatividad como él lo hizo, hasta el punto de perder su nombre. Son dos rasgos que definen perfectamente al Artista.

Chapeau.

Y luego, su música. Mejor dicho: y por encima de todo, su música. Música para bailar sin control, para ser sofisticado durante unos minutos, para entrar en un museo destruyendo obras de arte, para los cultos, para los románticos, para los horteras, para los alternativos, para los mainstream. Prince, el pequeño hijo de Minneapolis y heredero de una androginia muy Bowie mezclada con una heterosexualidad a prueba de bombas, el buscador incansable de la belleza e inventor de iconos, cadena de transmisión entre James Brown, Parliament/Funkadelic o Hendrix y Sinéad O’Connor o Tom Jones, el creador de bandas sonoras, El Artista.

Semejante piedra de toque musical de las últimas décadas tenía que ser llorada desde Las Armas, por no hablar de la joven edad a la que desaparece.

Una vez más, como ocurre con Michael Jackson, Freddie Mercury, Lady Gaga o Björk, detrás del oropel, el exceso, la excentricidad, y las toneladas de maquillaje y lentejuelas, queda el auténtico talento musical, su Obra.

La de aquel que fue anteriormente conocido como Prince.

 

 

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