Me desperté pensando en los cursos de Las Armas

By 29 junio, 2016Formación, general

Son las nueve en punto de la mañana y como todos los días me despierto sobresaltada por culpa del despertador. Siempre he considerado que mi despertador era la personificación del diablo y que su única función era la de privarme de mis mejores sueños. Un ruido infernal que se introduce en el subconsciente para recordarnos las obligaciones de la vida solo puede ser obra del demonio.

Recuerdo que estaba soñando algo bonito. Los sueños siempre suelen ser difusos pero éste era de una nitidez sorprendente. Había viajado hasta Londres para que me dieran el título oficial de inglés y allí conocía a un rastafarai. Me llevaba a su casa y me regalaba todos los discos de Alton Ellis que tenía. Fumábamos mientras bailábamos rocksteady. Me decía que mi deber era difundir la música jamaicana por el mundo para lograr la paz. De repente, el rastafarai se convertía en una bailarina de cabaret francesa y me alentaba a bailar. “On va a danser, fille” me gritaba mientras sus piernas se levantaban de forma ordenada y suntuosa. Yo estaba avergonzada pero me ponía a bailar mientras, en una gramola que flotaba en el aire, sonaba la canción de Mayol titulada: “ A la cabane bambou”. Jamás en mi vida había bailado de tal manera. Mi cuerpo se balanceaba de forma libre y relajada. Mis brazos eran plumas livianas que se contoneaban al son de los compases. Daba círculos en un paraíso de notas pero de repente: RING!!!! algo me despertó sobresaltada. En efecto, era el demonio. Me desperté pensando en el sueño. Seguramente el curso de danza contemporánea que hice en Las Armas el año pasado tenía gran parte de culpa. O el título de inglés que estoy a punto de sacarme en su Centro de Idiomas. Bueno, no importa. Fuera como fuese, eran las nueve de la mañana y tenía que estar en el trabajo en menos de media hora.

Me levanté despeinada y adormilada y lo primero que hice fue poner la cafetera. Me relajaba escuchar el burbujeo del agua hirviendo mientras me imaginaba como sería el día que acababa de comenzar. El ritual de la mañana continuaba encendiendo la radio. Puse la emisora de música americana y empezó a sonar swing. Conocía la canción pero me costó recordar su nombre. Era Sing Sing Sing de Benny Goodman, una pieza instrumental con una sección rítmica increíble y unos vientos que agitaban todas las cortinas de la mente. Me entraron unas ganas increíbles de aprender a bailar esos ritmos. Sabía que en el centro donde hice danza contemporánea también había clases de swing así que cogí la agenda y apunté: “Pedir información de las clases de swing en Las Armas”. Parecía que hoy sería un buen día así que de forma inconsciente mi rostro dibujó una sonrisa.

La canción había durado más de lo previsto y el café se había enfriado lo suficiente como para poder beberlo sin su cotidiana espera. Me lo bebí de un trago y me dirigí al baño. Me duché con agua templada y me puse lo primero que pillé. Una camiseta y unos vaqueros, algo cómodo e informal, pues mi trabajo me permitía vestir a mi gusto. Odio los uniformes de trabajo que etiquetan y encorsetan toda la personalidad humana, reduciéndola a una funcionalidad vaga y aburrida. Me dispuse a salir de casa y al apagar la radio escuché la voz doblada de un director de cine. Me pregunté quién sería aquel doblador, pues su voz me parecía interesante. Volví a pensar en Las Armas y en el curso de doblaje que estaba haciendo mi mejor amiga allí. Le mandé mis mejores pensamientos y deseé que cuando lo finalizase, encontrase un buen trabajo como dobladora.

El ascensor tardaba en llegar y decidí bajar por las escaleras. Al llegar al portal me miré en el espejo y vi reflejada una escultura. Era la escultura que el presidente de la comunidad había decidido regalar a los/as vecinos/as. Un busto masculino de escayola sin cabeza ni brazos. Por lo visto, un día que hablaba con él acerca de un curso de canto en Las Armas, había ido a informarse pero finalmente se había apuntado al taller de escultura. Tras terminar el taller, decidió que el vestíbulo era un sitio honorable para exponer su obra magna. Jamás lo comprendí. Aparentemente, era una persona sin muchas dotes artísticas, aunque la escultura era bonita y me agradaba. Volví a sonreír y salí del portal. Cogí el primer taxi que pasaba por mi calle para ir al trabajo y le dije al taxtista: “A la calle Las Armas por favor”.

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Info de los cursos en: http://www.alasarmas.org/

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