Los Coronas: larga vida al surf instrumental

By 6 abril, 2018general, musica

 Los Coronas, ese grupo salido de Madrid que toma su nombre de una localidad californiana. Esa panda de locos que toca música instrumental en la capital española, donde consiguen que los edificios se conviertan en arena, cactus, playita, y solazo. Porque cuando ellos tocan no hay mejor sitio para ser surfero en la Península. La falta de mar se convierte en algo secundario: sus ritmos son igual de divertidos y refrescantes que una buena ola. Así son ellos. Los Coronas, ese grupo que suena a México, a Egipto, a los Balcanes, a Andalucía, y a uno de esos western con banda sonora de Morricone.

 Fernando Prado y David Krahe son los veteranos en este quinteto que lleva en activo desde 1991, año en el que Fender trasladó su fábrica de guitarras de Corona a Arizona. Y así, la corona pasó de los instrumentos a los artistas. La banda lleva desde los noventa paseándose entre el rock and roll primitivo, el surf, el disco, el rhythm and blues, el pasodoble, lo experimental, e incluso la rumba. Todo instrumental. Un reto que han reflejado como tal en el título de su último álbum, Señales de humo. Una forma de comunicación que no necesita palabras, del mismo modo que no las requiere su música. Ni se echan de menos.

 Pero no por falta de letras sus temas tienen menos fuerza. Al contrario. Los Coronas centran toda su potencia, su pasión y su sentido del humor en cada nota, recordando al mundo que lo instrumental se siente de forma más directa. Porque no te concentras en lo que transmite la letra, en qué quieren decir las estrofas. Solo te dejas llevar por un ritmo que resulta tremendamente contagioso. No hay vueltas que darle. Ni siquiera se las dan ellos. Metes una guitarra, una trompeta, una pandereta, un bajo, bongos, cencerros, batería, palmas, castañuelas de metal y tablas hindús. Todo vale si suena bien. Una libertad absoluta que se contagia a los artistas y al público. Una conexión directa que traslada a todo el mundo a la costa, al desierto, a las pirámides o a Sevilla. Por qué no.

 Lo de Los Coronas es una cuestión de diversión. De tomarse un tequila, o un lo que sea (¿un bocata de calamares, para recordar Madrid?), ponerse un sombrero, y empezar a bailar. Suena a improvisación, porque no hay nada más honesto que una carcajada espontánea. Y así son sus directos, la mejor oportunidad que tienen para demostrar que bastan unos cuantos instrumentos para llegar un poco más lejos, más allá del espacio-tiempo, con Cleopatra, con los cowboys americanos o los surferos de finales del siglo XX en California. No es que Los Coronas suenen a Tarantino o a Sergio Leone (a Morricone más bien), sino a película, a la mejor de las ficciones, y al más cañero de los clásicos. Tan cañeros que le dijeron que no a Steve Van Zandt para conservar su libertad como banda. Casi nada. Aún no ha empezado el concierto, pero ya les estamos aplaudiendo.

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