Es un triste y lloroso día de Invierno. Como todas las mañanas, salgo del colegio abatido y ansioso por llegar a casa. Hoy ha sido un día tranquilo, al menos, el resto de mis compañeros han dejado tomarme el almuerzo en paz. Será el espíritu navideño. Abro mi paraguas y empiezo a caminar bajo las frías gotas del agua de Diciembre, entre charco y charco, deambulo por las desoladas calles de Zaragoza. Miro a mi alrededor y, lo mismo, los rostros de la gente siguen cabizbajos sin dejarme entrecruzar mi mirada con la suya, al parecer, la soledad me guiña el ojo una vez más.
Sigo mi camino y sin detenerme paso la panadería, la tienda de tío Aurelio y la zapatería vieja de la esquina, tuerzo hacia la derecha y sigo recto. De repente, me detengo, una ligera música empieza a endulzar mis oídos y a erizar mi piel. Me gusta. Camino más rápido para saber de dónde procede dicha melodía. Poco a poco la voy escuchando con más intensidad, pudiendo distinguir los violines de las trompetas y las maracas de las castañuelas. Me paro frente al mostrador de la tienda de la cual procede, el cristal está empeñado, miro a mi alrededor y expulso una pequeña bocanada de aire para permitirme ver lo que en su interior se esconde.
Abro bien los ojos. Es un feliz y frío día de Invierno. Como todos los días, los niños salen de sus colegios ansiosos por jugar en la calle y divertirse. Hoy sigue nevando, los patines de hielo se deslizan al compás de la música, los trineos se llenan de regalos y los muñecos de nieve sonríen ante los bajos grados. El espíritu navideño invade todos y cada uno de los rincones de Zaragoza. Miro a mi alrededor y, lo mismo, los rostros de la gente más animados que nunca entrecruzan mi mirada con la suya y sonríen, ya no soy un extraño. La música que perseguía se ha transformado, los acordes retumban por toda la plaza, haciendo de los niños los interpretes, de los padres los compositores.
De repente se empaña el cristal y vuelve a estar todo gris. No entiendo por qué se ve todo el mundo tan feliz desde dentro cuando, desde fuera, es todo tan triste. Me dispongo a frotar el cristal de nuevo con mi guante derecho cuando, de repente, siento como alguien acompañado de su inmensa y siniestra sombra me observa. Me estremezco y doy media vuelta, cierro los ojos e intento no mirar, me los froto y por la mirilla de mi ojo izquierdo veo como la sombra se acerca cada vez más. No quiero irme, no sin antes volver a inundarme del escaparate de esta tienda.
Noto que una mano me agarra del hombro por detrás, parece amable. Levanto la mirada y veo un rostro mayor, me quedo observándolo fijamente. Es un hombre anciano con pelo blanco, ojos grandes y sonrisa entrañable, me parece haberlo visto antes. Inesperadamente, se dirige a mi por mi nombre y me desea feliz navidad, agacha la cabeza y entra en la tienda. Me quedo sorprendido, no se cómo sabia mi nombre, ni siquiera los profesores de mi colegio se acuerdan. En ese momento se me escapa una pequeña carcajada.
Tras unos minutos dentro, el señor mayor sale de la tienda, apenas sin mirarme, tuerce hacia mi lado opuesto y va desapareciendo entre las personas de la calle. Me gustaría ir con el, hablarle, hace mucho que alguien no se dirige a mi con tanta simpatía. Sin embargo, me quedo y giro la cabeza hacia el escaparate, la música sigue sonando y la alegría que de ella se desprende vuelve a atraparme. En ese momento, aparece el encargado de la tienda y se dirige hacia mi. Con una amplia sonrisa me da una caja de cartón envuelta y me dice que es de parte de Santa Claus. Lleno de ilusión, abro el envoltorio y veo una caja de música, le doy cuerda rápidamente y empieza a sonar la melodía que me había estado atrapando toda la tarde, los niños vuelven a jugar y patinar, los trineos se llenan de regalos, las calles de luces y los copos de nieve empiezan a inundar mi caja de música.
Campus de Navidad. Escuela de Rock.

