Una historia que llega a su cuarta entrega. Zaragoza Feliz Feliz. El último aliento siempre es el mejor, aunque no sepa bien.
Por Octavio Gómez Milián
¿Cúando la rebeldía se convierte en hype? ¿la política aburre hasta a la ovejas? ¿Cuándo eres demasiado mayor para el sexto cubata? Son preguntas largas, son interrogantes insustanciales. Es una extraña manera de comenzar un texto dedicado a Zaragoza Feliz Feliz.
O quizá no.
Me explico. Zaragoza Feliz Feliz es un e-zine. Un fanzine de toda la vida, pero en los tiempos digitales el papel tiene menos futuro que los cassettes. Aquí hay un momento de ironía. O quizá no.
Retransmisiones en streaming que se cuelgan, bajos que suenan todos como los de Peter Hook, sintetizadores tocados con un dedo. No te acerques a ellos o llorarás. La lista anterior es de cosas que pueden estar bien y que quizá terminan por cansarte, o quizá no.
La frialdad del cabeza de cartel Motorama es evidente a la tercera o cuarta canción. Pero de esa manera que tenía la gente de la coldwave que te daban ganas de meter la mano en su vaso de agua oscura con hielo. Pocos discos suenan tan a Berlín oriental como Dialogues de Motorama. Será histórico.
Seguimos. Yo abría la red y esperaba que los peces que se quedaban tuvieran algo bueno que contar. Historias interesantes en peces grandes y cansados. Peces que boqueaban esperando una noche mejor. Y luego morían ahogados. Una historia que termina mal. O quizá no.
Cómo vivir en el campo es un nombre para una banda bucólica. Resulta altamente contradictorio pensar lo contrario. Hoy, esta noche, estas historias que cuentan en canciones como El grande o Campesina, te hacen pensar que uno puede subirse en un media distancia y sentir que renace. Hay percusiones naif y hay una sensación de arrogante victoria en las canciones.
Cuarta o quinta parte de la fiesta. Llegas desentrenado, a los estupefacientes los llamas medicamentos y un crío de quince años se te encara y quiere comerse tus gafas de pasta. Te sientes con fuerzas para meterle un par de ostias pero al final eliges el tranquimacim como vía de solución de TUS problemas. Esto es una historia real. O quizá no.
Rusos Blancos tienen un tono áspero, ceremonioso, ligeramente bailable, más de mover los pies que de agitar los brazos. Pero hay tanta belleza bajo los acordes que los 45 minutos te van a dejar con ganas. Una vez comí con el guitarra de Rusos Blancos, cuando tocaba el bajo con La Costa Brava. A eso me refiero con lo de historia real.
¿Te vas a terminar eso? ¿Vas a comerte esa grapadora? Espera que lo apunto en la libreta invisible de cosas que me importan una mierda. ¿Lo escucháis? Seguro que sí, es la fábrica de excusas que se ha puesto en marcha y está a pleno rendimiento. Lo siento profesor, un zombie se comió mi tarea. O quizá fue un perro. Tenía los dientes sucios y olía muy mal. Historias que te sorprenden o quizá no.
Kokoshca tiene un nombre complejo. La verdad es que el festival les ha quedado un poco soviético a los de Zaragoza Feliz Feliz. No sé si será premeditado, aunque viendo el bigote del cantante de Señalada parece que la historia cuadra. Kokoshca tiene una voz femenina sobre un montón de chatarra y las baterías crujen de esa manera épica en la que parece que solo puedes seguir un avión despegando. Fuego en mi oficina, las forma de masticar las letras que los Ataque de Caspa, un poco de chicle de fresa, ácida, claro. Y esas guitarras twang y un poco pantanosas. Una banda que te sorprende.
Yo amaba a Zaragoza Feliz Feliz, por las cosas que decían, por montar los proyectos más bellos de la ciudad en los últimos años, amaba a Zaragoza Feliz Feliz porque me hacía sentir especial cada vez que los leía. Ahora ya no sé si el amor es una causa o una consecuencia. Lo único es que la palabra que mejor lo define es imprescindibles.
Disfruten. Les aseguro que estoy buscando a alguien que lo pueda hacer por mí. No encuentro a nadie, ¿me escuchan? ¿hay alguien ahí?

