Osaka Monaurail: El tren volador arrasa en Las Armas

By 12 mayo, 2016general, musica

El ambientazo en la plaza media hora antes del concierto presagiaba que iba a ser una de las grandes noches de Las Armas. Se había colgado el cartel de sold out, y aún así, no eran pocos los que tanteaban un milagro de última hora. Era un miércoles cualquiera, pero se presentaba el Slap! y la expectación era máxima.

 

Casi puntuales, los samuráis se plantan en el escenario con sus trajes impolutos y su expresión hierática. Atendiendo a su aspecto, no es fácil distinguir si van a interpretar funk o una sinfonía de Rachmanimov. Pero la confusión dura poco. Con el primer acorde, nos ponemos en contexto: la vida es un episodio de Starsky y Hutch.

 

La sala se va llenando y poco a poco entramos en calor. Después del tercer tema, aparece ÉL. Es Ryo Nakata, alias El Gran Sensei. Su presencia lo llena todo. Maneja las energías a su antojo y genera delirios a voluntad. Invoca a los espíritu de James Brown, Ray Charles y Jimmy Hendrix… ¡y los espíritus le responden! Imposible no amarle a primera vista. Por su energía, por su carisma, por su sonrisa. Por su “buena vibra”, buena de la de verdad, de la que se contagia, de la que te posee.

 

La sala está a rebosar y bailan hasta las estatuas. Ryo a lo suyo: volar y hacernos volar al resto. Me pregunto si este tío se cansa alguna vez, y me responde marcándose un spagat. Por su parte, el bajo no es un instrumento, sino una nave espacial. A bordo de la misma, viajamos 400 brothers and sisters. La sección de viento, más que de viento, es de puro tornado. No conformes con clavar cada nota, se recrean en insólitas coreografías. La sesión es un constante in crescendo y el público clama: ¡ARIGATOOOOOO!

 

Los músicos se retiran y la ovación es tan grande que más que al clásico “o-tra-o-tra”, la cosa recuerda al gol de Nayim. La afición está entregada, y aunque hubiera que esperar hasta los bises, alguno de los instrumentistas rompe el severo protocolo y se permite –¡juro que lo vi!– una tímida sonrisa.

 

El viejo expreso de Osaka –del que tomaron su nombre– fue, más bien, uno de esos flamantes –y japonesísimos– trenes de levitación magnética. Hubiéramos podido estar hasta mañana, y nos hubiera sabido a poco. El Slap! 16 queda inaugurado a golpe de gong y bajo eléctrico. El funk está en buenas manos… ¡kamehameha!

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