La Placica Vintage: de buscadores de tesoros y viajeros del tiempo

By 25 febrero, 2016general, musica

Que nadie espere objetividad en los párrafos que siguen, pues admito, sin ambages, ser adicto a toda suerte de rastros, ferias y mercadillos. Tales espacios despiertan en mí una fascinación patológica. Allá donde se exhiban cachivaches a la venta –mejor cuanto más pintorescos–, allí se halla el que suscribe en su medio natural.

Tanto es así que mi hogar se ha ido poblando, a lo largo de años, de objetos de toda índole, en su mayor parte –¿para qué engañarnos?–, de una utilidad más que dudosa: figuras, coches de juguete, bolas del mundo (de esas con dragones pintados sobre los mares), cajas de hojalata, barcos piratas, pins, chapas, libros infantiles, llaveros, cuadros, grabados, maquetas, vinilos y hasta un gramófono son algunos de los fetiches que adornan mis aposentos, siendo imposible delimitar dónde termina el coleccionismo y empieza el síndrome de Diógenes.

¿Qué puedo decir? Siempre hay alguna visita que te toma por chiflado, y limpiar el polvo de la estanterías se torna en toda una penitencia, pero, por lo demás… todo son ventajas.

Y es que uno es muy libre de acudir a un centro comercial y concederse los antojos que tenga por conveniente, e incluso –¿por qué no?– extraer de la experiencia un placer pecaminoso (dicen que tirar de tarjeta libera endorfinas). Pero no me irán a comparar ese respetable –a la par que anodino– acto de consumo con la aventura palpitante de deambular entre puestos y tenderetes, escudriñar el género desde la distancia, encapricharse de alguna pieza, y lanzarse a cerrar el trato, regateando, si es menester, con ínfulas de gran negociante… ¡hablamos de deportes distintos!

Los mercadillos son mundos fantásticos, llenos de encanto, en los que, más que de consumidor, se ejerce de buscador de tesoros. Con el brío de un caballero en pos del Santo Grial, los rastreadores nos sumergimos en estos templos de lo inusitado, sin la más remota idea de qué demonios buscamos, hasta que, como al amor verdadero, nos lo topamos de bruces. El anhelado trofeo podría ser cualquier cosa: una chaqueta, unos anteojos, una radio antigua, chocolate de Willy Wonka, dinamita marca ACME o la séptima Bola del Dragón… ¡nunca se sabe! Ahí está la gracia. Ahí está la emoción. El mercadillo nos convierte en arqueólogos, exploradores y cosmonautas. ¿Les parece que exagero? Bueno, ya les dije que no esperasen objetividad.

Pero la magia no termina ahí. Estos lugares tienen otra propiedad maravillosa: nos permiten viajar en el tiempo. Porque los artículos que albergan no tienen nada que ver con los modernos gadgets –funcionales, pero sin alma– que hoy nos esclavizan. En la época de la obsolescencia programada, los objetos del pasado, elaborados con mimo, y diseñados para perdurar, aparecen revestidos de una nueva dignidad. No son cosas. Son iconos. Son reliquias. Son latas de sopa Campbell’s. Tótems dignos de veneración.

No es de extrañar que vivamos una época de exaltación de lo antiguo. En un mundo cada vez más impersonal, la nostalgia emerge con fuerza avasalladora, recordándonos que un día fuimos algo parecido a humanos. Libros sobre la EGB revientan las listas de ventas.

Vuelven las hombreras, los estampados y las camisas de flores. Regresan las pin-up, los 16 bits y la Polaroid. Los muebles suecos de nombre impronunciable han pasado a mejor vida… ¡viva al reloj de cuco, la coqueta restaurada y la lámpara art decó!

Entenderán, con mis antecedentes, que el domingo 6 de marzo no vaya a faltar a mi cita con la Placica Vintage. Porque soy friki de estas cosas, sí. Porque espero encontrar repuestos para mi Delorean, desde luego. Pero también porque este año la organización corre a cuenta de los armados, que, como es sabido, gustan de urdir sus cotarros a fuego lento, cual artesanos de antaño, con cariño, con esmero, con dedicación. Incluye el orden del día buena música y mejor vermut, talleres para los niños, conciertazo, beatlemanía, y hasta un espacio para entusiastas de bicicletas y velocípedos.

¿Se les ocurre mejor plan para una mañana de domingo? ¿Sí? ¿Mejor que viajar en el tiempo y lanzarse a buscar de tesoros? Pues deben ser ustedes gente muy rara.

Se lo dice un tipo que a sus 38 se dedica al acopio compulsivo de legos y muñecos de pvc.

 

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