Hasta pronto, querido Bancal

Todavía recuerdo, siendo yo una criatura que no levantaba dos palmos del suelo, entrar a la cocina de mi abuela, arrastrada, casi inconscientemente, por el olor de la sopa de pollo que se estaba cocinando en el puchero. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí cómo se hacía el caldo. Con el experimento a medio hacer, los secretos de la cocina de mi abuela todavía estaban al descubierto. Huesos de pollo, trozos de cebolla,  puerro, zanahorias, patas de pollo, hojas de laurel, apio… “¡¡Pero yaya, ¿qué es todo eso?!!”, pregunté yo alarmada ante semejante amalgama de cosas que nunca, por nada del mundo, jamás de los jamases, estaría dispuesta a comer. “¿Pero cómo creías que se hacía la sopa? Hay que echar algo al caldo para que tenga sabor”, contestó mi abuela. “Pues hay que ver… lo feo que se ve ahora y lo rico que está cuando lo comemos”, observé yo pensativa.

Ese día descubrí los entresijos y la magia de la cocina. Desde entonces he seguido investigando para conocer más y más qué se oculta en ese mundo donde entran alimentos y especias y salen platos que desprenden aromas que hipnotizan. Sin embargo, hoy estoy triste. El Bancal de Las Armas dice hasta luego. Y con esta pausa, se para también mi aprendizaje culinario. Me he dado cuenta que la cocina son secretos. Son trucos que el cocinero oculta entre fogones, como el mago oculta en su chistera. Cada uno puede elegir si ser artista o espectador, si ser cocinero o catador. Y para los que creen que las yemas solo están en los dedos y que la salsa solo se puede bailar, en el Las Armas Restaurante existía la posibilidad de aprender a ser los otros. Los que cocinan, lo que saben cuánto hay que añadir si te dicen una pizca de sal, los que consiguen servir el arroz en su punto y la pasta al dente.

Pero no era solo aprender a cocinar. Era descubrir qué estábamos cocinando y cuál era la mejor manera de hacerlo. Era destruir prejuicios y probar que puedes comer sandía a la plancha o rellenar champiñones de marisco. Y, sí, que el resultado fuera sabroso. Era viajar a Marruecos y sumergirnos en azafrán, pimentón o canela para después volar hasta México, untar nachos en guacamole e inventar un sorbete de fresa con su toque de tequila.

Y, mirad, para alguien como yo, que cuando intentaba hacer huevos fritos, terminaba obteniendo huevos cocidos, este era el paraíso. No solo comía bien y descubría nuevos sabores, es que además aprendía que yo también puedo llegar a ser el artista, el mago, el que sabe los trucos. Solo era necesario a Daniel Yranzo como mentor y un miércoles noche libre dedicado a aprender.

Ahora que se acaba esta temporada del Bancal, solo queda esperar a que empiece la siguiente. Hasta entonces, seguiré practicando con las recetas que aprendí para que así, algún día, pueda decirles a mis nietos: “Esperad que el truco este completado, niños, que esto que veis son solo los secretos de la cocina de la abuela”. Hasta pronto, Bancal. Te echaremos de menos.

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