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Sam Outlaw, el trovador errante

Proclaman las ciencias exactas que la distancia más corta entre dos puntos es siempre la línea recta. Esta regla sólo admitiría contestación en ciertos supuestos de la realidad cuántica, supuestos en cualquier caso inasequibles para este, su humilde gacetillero, arborecido en el jardín exuberante –pero famélico– de las letras puras.

Ahora bien, establecido el disclaimer, permitan que, por mero solaz, me regocije en la refutación jocosa de tan irrefutables leyes, pues creo –es más, afirmo– haber hallado una excepción a la norma, y ni siquiera voy a reclamar el Premio Nobel por ello –no porque me las dé de muy divo, sino porque me desagrada sobremanera la climatología de Estocolmo en esta época–.

Como suele suceder con los grandes descubrimientos, el hallazgo sobrevino por pura casualidad: procrastinaba yo alegremente en las entrañas de alasarmas.org –rebotando, sin demasiado criterio, de unos contenidos a otros–, cuando me topé de bruces con la reseña de un próximo concierto, a cargo de un cowboy con cara de niño bueno y apellido de chico malo, abanderado –ahí es nada– de la ultimísima ola de virtuosos del country –o, como gusta decir, música americana de raíz–.

Sólo tuve que pulsar el play y la verdad se me reveló, tan nítida y diáfana como si viniese anunciada por el Arcángel Gabriel:

“La distancia más corta entre Nashville y Los Ángeles es Sam Outlaw”

Es difícil entender porqué el country –salvo honrosas excepciones– no ha proliferado en California como en otros rincones del país. No será, desde luego, porque escaseen en esas tierras las historias de vaqueros. Muy al contrario, son muchas, y –dicho sea de paso– muy sangrientas. Tal vez ahí radique el quid de la cuestión:

“La balasera del XIX fue tan cruenta que no quedó nadie vivo para escribir canciones. Después, sin saber muy bien cómo, la zona se llenó de surfistas. Y hasta hoy.”

[Extraído de la “Historia de América según Lolo Dudo”]

Una explicación más plausible vendría a considerar que, cuando se trata de evocar la nostalgia, la niebla a orillas del Cumberland resulta más inspiradora que las sofisticadas playas de Malibú.

Sea como fuere, el poeta Outlaw –quien, por cierto, no tiene el rostro curtido ni la voz desgarrada– viene a corregir esta disfunción geocultural. Convergen en su propuesta lo mejor de ambos mundos: no faltan las ciudades fantasma, los sueños olvidados, las esperanzas ahogadas en el fondo de un vaso de Bourbon; y sin embargo, no se percibe en su canto el poso amargo de la tristeza. Su música, más bien, pondría banda sonora a ese momento en el que, tras una agotadora jornada de trabajo –quizás en una mina, en plena Fiebre del Oro–, un grupo de desconocidos se sientan alrededor de una hoguera y comparten una botella de licor. En tales circunstancias, no existe nada más parecido a tener un hogar.

Entre la agonía y la esperanza, entre la añoranza y la redención, entre Tennessee y California se pierden los pasos de este trovador errante. Unos pocos elegidos podrán degustar su poesía este jueves en Las Armas. Únanse a ellos, sumérjanse en este road-trip musical y comprueben cómo hasta en los corazones de piedra, castigados por la dureza de la vida y de los elementos, habitan, en alguna medida, el optimismo y la sensibilidad.

PD: Lo he comprobado en Google Maps, la distancia entre Nashville y Los Ángeles es de 2.004 kms, mientras que Angeleno, el disco de Sam, dura poco más de 42 minutos. Se confirma que quienes medimos el tiempo y la vida en música disfrutamos –entre otros muchos– del privilegio de ignorar las limitaciones del mundo físico…

…Isn’t it just wonderful?


Info
Fecha: 03/11/2016
Hora: 21:30h
Lugar: Sala Principal
Entradas: Ant 10€ / Taq. 12€
Ofertas especiales: Socios 8€ / -21 gratis
Venta de entradas:
Online en http://www.alasarmas.org/entradas/
– Entradas gratuita -21 rellenando el formulario: http://www.alasarmas.org/entrada-libre-para-menores-de-21-anos/

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