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¿Dónde van las miradas que buscan el cielo de Granada? ¿Quién sigue las huellas que dejas sobre la tormenta de ceniza en las pendientes del Albaicín? ¿Qué bando eliges en la revuelta que está por llegar: la blanca de la tiza virginal o el color violento que exhalan las buganvillas?

Estábamos amándonos cuando los rumores recorrían la ciudad: el ángel había muerto, la miel rabiosa de Enrique Morente se había agriado. Los Lagartija Nick, con Antonio Arias perdiendo su vida preferida en la génesis de aquel disco épico: allí donde los poetas pierden su nombre, Morente abrió la navaja hiriente del Omega para redefinir a Federico García Lorca poseído por Leonard Cohen. Fotos de los dos, Morente y Cohen, juntos en la rima de la muerte y brindando por el tinto que es como sangre que es sudor de la tierra.

La percusión de Erik como el bombeo que llena de arteria la garganta, como rebosan las guitarras como espuma de vida incontenible: Cantó “Sacerdotes”, su voz amasaba los versos: ¿Quién te escribirá canciones de amor?, como un extracto apócrifo de “El cantar de los cantares”, pagano en su particular leyenda. Las palmas y el toque mezclados como el aullido de una caverna que alarga las horas para no permitir que la noche llegara a su fin. Un disco como este es el arte de la España cósmica, la que se empapa de raíces para construir un presente cabizbajo: San Juan de la Cruz, Picasso y cuando se haga mayor, Señor Chinarro. Ese LP, grabado junto a Lagartija Nick, debería escucharse cada día, en los institutos, en las escuelas, en las colas de los bancos.

Mortecinas las lámparas de aceite, el aguacero de almas se acerca, protejámonos con la gasa púrpura de tu recuerdo, gracias por todo.

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