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My Tarantino: siempre más allá

By 23 noviembre, 2016cine, general, musica

Más allá del prestigio, la fama o la celebridad, más allá, todavía, del estrellato y la leyenda, existe la categoría de los iconos pop, un Olimpo que bien podríamos considerar como el club más selectivo del mundo.

Las vías para ingresar en este círculo son muy diversas, si bien, casi siempre implican la defunción del aspirante como requisito previo a la admisión. A veces, esta suerte de beatificación puede, incluso, demorarse muchos años después de la muerte del iconizado (que se lo pregunten a Pablo Escobar).

Tan sólo un puñado de elegidos –aquellos que no se conforman con marcar épocas, sino que las definen–, pueden presumir de haber adquirido esta condición –más divina que humana– en vida.

Yo no sé si Tarantino es Dios, pues lo desconozco todo del arte del cine, y aún más del arte de la teología, pero si les diré una cosa: este tío hace milagros.

Les pondré un ejemplo. Pese a haber estudiado durante 12 años en un colegio de curas, él fue el único capaz de hacerme memorizar un versículo de la Biblia. Como habrán adivinado, se trata de Ezequiel 25:17, el mismo que Samuel L. Jackson recita a los pobres desdichados a los que un minuto después hará saltar la tapa de los sesos en “Pulp Fiction”. Cierto que tal versículo no aparece en ningún Evangelio, hecho, a todas luces, intrascendente.

Pero ahí no acaba la cosa. Yo –y el amable lector, también– me he lanzado alegremente a la pista de baile en guateques, bodas y otros contubernios, tratando de imitar a John Travolta y a Uma Thurman cuando hacían la movida esa de los dedos por delante de los ojos al ritmo de “You Never Can Tell”, pensando que era cosa sencilla, cuando lo cierto es que resulta un ejercicio patético si quienes lo ejecutan son cualesquiera seres humanos distintos a los dos citados.

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¿Y qué me dicen de la diferencia entre pedir un cuarto de libra con queso en Los Ángeles o hacerlo en París? ¿De que un traje amarillo evoque inmediatamente la necesidad de empuñar una katana? ¿Del inevitable deseo de beber el licor derramado en la pierna de Salma Hayek, aún con esa enorme serpiente en el cuello? (sí, ya sé que es de Robert Rodríguez, PERO) ¿De que tras sólo 10 minutos de metraje, Hans Landa se consagre como el villano más sobrecogedor desde los tiempos de Darth Vader? ¿Y de tantos otros momentos que han trascendido, con creces, de lo cinematográfico, para quedar grabados a fuego en el inconsciente colectivo por el cincel del demiurgo de Knoxville?

Este viernes, por primera vez, rendimos homenaje a un cineasta y también a una persona viva. Para tan señalada ocasión, requerimos que traigan sus mejores abalorios, y acudan caracterizados como cualquiera de los personajes del universo tarantiniano (habrá premios). El menú ya lo conocen, proyección de Kill Bill I y II, cena basada en sus películas y fiestón posterior, incluyendo el concierto de los 5, 6, 7, 8’s, espectacular banda japonesa participante en la banda sonora de Kill Bill.

Más allá del prestigio, la fama o la celebridad, más allá, todavía, del estrellato y la leyenda, existe la posibilidad de que te dediquen un My en Las Armas. Este viernes, Tarantino. Y el que se lo pierda, a la trastienda de Zed.

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