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My Bowie: desde el futuro, con amor.

By 16 Enero, 2017cine, general, musica

A estas alturas, un año después de su fallecimiento, se ha escrito tanto sobre David Bowie que bien podría creerse que no queda nada nuevo que decir. Y sin embargo, es posible que aún no se haya respondido a la pregunta más importante: la relativa a su propia naturaleza. ¿Era verdaderamente humano? ¿O acaso fue un extraterrestre? ¿Quizás un androide? ¿Tal vez un semidiós?

Escudriñar en su apariencia física resultaría un ejercicio inútil para dilucidar tal cuestión. Su mirada serena y multicolor nos remite, quizás, a universos paralelos, impenetrables para el común de los mortales, como aquel laberinto gobernado por Jareth, Rey de los Goblins. Desde este punto de vista, podríamos suponer que nos hallamos ante algún tipo de duende o criatura mágica.

Si atendemos, en cambio, al icónico rayo que en tantas estampas adorna su rostro, se vislumbran en el personaje connotaciones épicas, incluso mitológicas. No es ningún secreto que renombrados guerreros de la antigüedad –héroes, aunque fuera por un día– gustaban de pintarse la cara antes de comparecer en el campo de batalla, como tampoco lo es que el relámpago y el trueno son insignia y distintivo de dioses tan poderosos como Zeus o Thor. ¿Estamos pues, ante una deidad? No lo descartemos.

Nada aportaría a nuestras pesquisas el indagar las amistades que frecuentó. De Freddy sabemos que que su voz superaba con creces a cualquier coro celestial, y que por ello Bishmilla lo reclamó antes de tiempo. No nos equivocaremos si proclamamos que fue un ángel. De Iggy y de Mick, en cambio, nada podemos asegurar, más allá de que, mientras no se demuestre lo contrario, les presumimos inmortales. De todos ellos nos consta que eligieron vivir libres, hecho que les aleja de los hombres ordinarios.

La hipótesis alienígena cobra inusitada fuerza si tenemos en cuenta que el espacio, las estrellas, y la luna son temáticas recurrentes en su obra. Y lo son hasta un punto obsesivo, como si en algún momento hubiera sido abandonado a su suerte en nuestro planeta y toda su vida hubiese esperado que le vinieran a buscar. Como si su obra entera fuese un canto desesperado de morriña galáctica, un “mi casa, teléfono” elevado a un grado sublime de belleza y perfección.

Mi impresión personal es que David Robert Jones –al igual que Terminator– fue un enviado del futuro. Su misión no consistía en aniquilar a Sarah Connor, ni tan siquiera en darnos a conocer las bondades de una lejía revolucionaria. Su cometido fue traernos un mensaje de esperanza: el de que en aquel futuro del que provenía, plagado de naves espaciales, satélites y robots, todavía había un hueco para la sensibilidad, las emociones y el amor. Por tanto, opino que sí, que era humano. Profundamente humano. Pero es sólo una opinión.

Sea como fuere, cualquiera que fuese su naturaleza, siempre es buena idea rendir homenaje a este ser luminoso, imposible de encajar en los parámetros de esa entelequia, amorfa y obscena, que denominamos “normalidad”. Y eso es exactamente lo que haremos en Las Armas el próximo sábado 21 a partir de las 19 horas.

La liturgia, como en otras ocasiones, incluye proyección, cena, concierto y fiesta. El precio (30€ el combo completo), resulta insignificante si tenemos en cuenta que después de asistir a un “My”, nuestra relación con el artista cambia para siempre. No sólo se pasa una tarde-noche maravillosa, sino que además se establece un vínculo eterno con el homenajeado en cuestión.

Nos vemos en “My Bowie”. Nos vemos en las estrellas.

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