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Más allá de la Navidad, o incluso para siempre

By 24 diciembre, 2016general

Entre la selva de paquetes estratégicamente diseminados frente al árbol, se yergue, desde una privilegiada posición central, una flamante consola de última generación. Y ensaya sonrisas y saludos, como si estuviese en un photocall, sabedora de que su mera presencia generará momentos estelares.

Hay que decir –¿para qué nos vamos a engañar?– que, pese a encontrarse perfectamente envuelta en un hermoso papel brillante, la forma y dimensiones del bulto no dejan nada para la imaginación, aunque, si consideramos que este objeto en particular encabezaba la lista de deseos formulada en la carta, hemos de concluir que el factor sorpresa no representa un plus en este trance.

Junto a la consola, apolíneo y bravucón, cual Coloso de Rodas, otea el horizonte un muñecajo de considerables proporciones, pertrechado con toda suerte de complementos y botones que desatan sonidos, luces y apocalipsis.

Un poco más atrás, como pieza de museo, aparece novísimo, orgulloso, un artefacto de locomoción a pedales y estética futurista… ¿o acaso es un patinete, de los de toda la vida?

Y en un discreto segundo plano, la inevitable cuota de calcetines y algún tipo de soporte físico de reproducción musical, llámese cd, vinilo, casete o whatever.

Pues bien, la consola de última generación, como era de esperar, fue acogida con júbilo y algarabía, y tuvo una vida larga y feliz, al menos hasta que llegó la siguiente generación de consolas.

El muñecajo fue fiel compañero, pero –imagino que habrán visto las películas– cuando los niños se hacen mayores, las cosas con los muñecajos no siempre terminan  bien.

Los calcetines duraron, como no podía ser de otro modo, lo que tardó en aparecer el temido tomate.

Y el patinete, o lo que fuera, siempre había estado sujeto a la obsolescencia programada, y capituló heroicamente, ante las dimensiones crecientes de su conductor.

Pero, hete aquí, que la música contenida en aquellos soportes físicos, pese a no haber ocupado un lugar de privilegio en todo el proceso navideño, resulta ser capaz de sobreponerse al paso del tiempo. Porque al disiparse los fastos, cuando de la Navidad, y del propio invierno no queda ni un eco, de algún modo extraño, prevalece la música. Discos que llegan por casualidad, y que, inesperadamente, pasan a poner banda sonora a nuestra vida, terminando por confundirse con nuestra vida misma.

Sólo hay una explicación: la música es un ser vivo. Y, como tal, posee instinto de supervivencia, y, de algún modo –como  un gigantesco parásito–, se las apaña para adueñarse de nuestros subconscientes de modo irreversible, sobreviviendo en ellos para siempre, mucho más allá de los soportes físicos que la puedan contener.

Así las cosas, la máxima aspiración de un regalo navideño no puede ser otra que la de perdurar. Más allá de la Navidad. O incluso para siempre.

(Si no ven ahí una moraleja navideña de primer orden, háganselo mirar).

 

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