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HBO estrena Nos Amis, un documental de Eagles of Death Metal sobre el atentado de la Sala Bataclán

By 20 enero, 2017general

Hace algo más de un año desde que la capital francesa se convirtiese, una vez más, en la sede del horror. Algo más de un año desde que París adquiriese un cariz lúgubre, solo importunado por el frenético trajín de sirenas, de plegarias, de sudarios y de camillas. Por un sinfín de pensamientos en los que se repetía la frase: ¿Hasta dónde puede llegar el ser humano?

Era viernes, viernes 13, y París tenía vida propia. La torre Eiffel, como cada noche, cernía su luz sobre los Campos de Marte, los Elíseos probablemente estaban atestados de transeúntes y el metro, como siempre, abarrotado. París no solo tenía vida propia; París era vida. Y no intuía nada de lo que iba a suceder esa noche.

A las 21:17 se desataba el caos con una primera explosión en la comuna de Saint-Denis, un bar que se encontraba cerca del Estadio de Francia, donde en esos momentos se disputaba un partido amistoso entre la selección nacional y la alemana. Tan solo tres minutos más tarde, a las 21:20, se producía un tiroteo en el restaurante Le Petit Cambodge, en el Distrito X de la denominada ciudad de la luz, que ahora parecía estar bañada en un halo mortecino. París y su sofisticación, ahora olían a pólvora. Todo parecía un chiste de mal gusto. Pero era real, y pasada la media noche, volvió a quedar patente. El Bulevar Voltaire se tiñó repentinamente de rojo y en la Sala Bataclán reinó un absoluto silencio, un silencio que apenas tenía precedentes en el teatro y que solo anunciaba la tragedia que paralizó –por unos instantes– a todo el mundo y que, acto seguido, desembocó en una taquicardia a nivel global.

Cuatro personas abrieron fuego y burlaron los controles de seguridad de la sala para luego sesgar, sin ápice de empatía, la vida de cerca de 90 personas. Los estadounidenses Eagles of Death Metal estaban en pleno concierto. Sonaba Kiss The Devil cuando sus enérgicas guitarras enmudecieron súbitamente, sus notas se quedaron suspendidas en el aire, un aire ya enrarecido, que parecía haber sido besado por el mismísimo diablo. Después de eso: pánico y oscuridad, una mezcla de adrenalina e impotencia; el aroma de la desesperación. Tres horas de incertidumbre fueron las que pasaron los más de 120 rehenes dentro de la Sala Bataclán, ya convertida en escenario de ejecuciones, en paredón de unos fusilamientos perpetuados bajo una sentencia que miraba hacia oriente. Allahu Akbar se convirtió en un himno que precedía al homicidio, pero también en una especie de nota de suicidio que anticipaba la inmolación de los asesinos.

Tras la tragedia, los componentes de Eagles of Death Metal consiguieron escapar por la puerta trasera del escenario y salvar así su vida, sin reparar en que no hay puertas traseras que valgan, ni método alguno para borrar el recuerdo. Porque en la vida no puedes abandonar el escenario por detrás del telón, ni suspender, indemne, la función.

Y, algo más de un año después de la masacre, la vida les demostró que ellos tampoco han podido aplacar sus recuerdos, que el rock más duro aún no es medicina suficiente para curar el alma. Catorce meses después de que miraran cara a cara a la muerte, HBO estrena un documental titulado Nos Amis, en el que los artistas relatan, no solo su experiencia ese fatídico 13 de noviembre, sino también el concierto al que tuvieron que enfrentarse tres meses después del atentado. Probablemente el concierto más difícil sus vidas.

Jesse Hughes, Josh Homme y el resto de la banda regresaron a París “para dejar el horror atrás” y que no los persiguiera el resto de su vida, tal y como aseguraron. Y algo así es por lo que han accedido a la filmación de este documental que verá la luz en apenas un mes en el canal estadounidense HBO. Porque cuando se vive algo así, lo mejor es convertir los recuerdos en letras, en imágenes, en algo tangible y compartido, para que una pequeña parte del peso de la memoria de todos aquellos que se encontraban dentro de esa sala pueda repartirse entre todos nosotros, como forma de terapia, de homenaje, como un proceso de transformación de fríos números en historias, en vivencias… como única forma de venganza, si es que no se queda corta la palabra. En definitiva,  como la única manera de dejar su espacio a la muerte.

 

 

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