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Brain in mode Yo-yo: Bigott en Las Armas.

By 7 febrero, 2018general, musica

Amo los ochentas, los setenta, los noventa. Amos a los amantes, a los que se divierten. Amo a los del monopatín y los cromos. Amo a los que saben de memoria el quinteto inicial de la Grecia de 1987:Yannakis, Gallis, Christodoulou Kambouris y Fassoulas, amo el papel de periódico sobre la paellera porque es sinónimo de arroz, como el camino al baño, mejor que el momento real, hombres de las praderas buscando la verdad en el desierto de Monegros, viejos iconos de décadas pasadas mirándole el culo a las chicas en sus conciertos, un poco de ácido en un sótano infecto para dar rienda suelta a los demonios, amo verlos bailar, a todos y cada uno de ellos: somos como muertos vivientes,de los de Romero, caminando por las plazas vacías de Zaragoza esperando que alguien nos ofrezca tomarnos un gintónic en una terraza. Cada sidral que me meto en la boca es un camino hacia atrás, un acomodo en ciudades que dejamos atrás. Apretamos los dientes con fuerza, esperamos aprender a decir R2D2 al modo inglés, C3PO al modo latino. Bigott es siempre un salto hacia delante: huyendo de los talibanes del pop, del folk, del rock como Peret lo hacía de la Iglesia Evangélica.

Bigott te lleva a los claros del bosque, a los atardeceres de la ciudad cuando empieza a refrescar, a los trasteros donde se acumulan viejas cintas de cassette con tomas alternativas, al papel con el que hacías portadas de mixtapes, un acordeón para Daniel Johnston, los coros de bubble pop y los teclados de juguete tocados en serio, como Brian Wilson, encerrado pero contento, la mueca frente a la sonrisa, Bigott son las máscaras tribales con la cara de Blas, los oscuros compromisos con el jazz improvisado, la redefinición de los acordes, la composición no euclídea, moog que es un caramelo que se disuelve demasiado rápido.

Amo el jugo licuado que sale de la cabeza de Emilio Estévez, amo que el final del mundo ha llegado, ha pasado y nosotros no nos hemos dado cuenta, harapientos, ácido espíritu de una fanfarria maña. Amo a Alfredo Landa farfullando en los premios Goya, a las guitarras de Belle&Sebastian, amo a Jonathan Richman cantando Vampiresa mujer, amo el Amor intergeneracional, interminable, todo eso es Bigott, todo en forma de canción: amantes, criminales, Moreno Veloso y el tropicalismo 3.0, las mandolinas de REM, los aros de fuego reflejándose en las vidrieras, las calles del centro con nombres de italianos, cerveza y vino, canciones de labios muy rojos, de gafas de sol y vermut con sifón: la primera canción que grabó Junior al dejar los Brincos, con unos bajos que después copiarían los Stone Roses, el recitado tranquilo en el que uno pide aquello “más violines, más violines”, un single imposible en el que Scott Walker graba, con arreglos de Burt Bacharach, en español la Puerta del Amor en la versión de Nino Bravo.

Cuando David Byrne se emocionaba al principio de Stop Making sense yo ya iba a pillar con la rana Gustavo a la Quitería Martín.

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