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Asimov, el último renacentista

By 16 Febrero, 2017general

Cuentan que, en cierta ocasión, Isaac Asimov se prestaba a ofrecer una conferencia, cuando el presentador, queriendo enfatizar la polivalencia del ponente, bromeó asegurando que  la única cosa que no sabía hacer era cantar ópera. Herido en su orgullo, Asimov se puso en pie y frente a la sorprendida audiencia, comenzó a entonar el famosísimo “Libiamo ne’ lieti calici” de La Traviatta de Verdi. Desconocemos si su habilidad como tenor estuvo a la altura de su sentido del humor, pero a poco que afinase, la ovación debió ser de órdago.

Más allá de la anécdota, que nos brinda una magnífica muestra de su carácter, lo cierto es que el presentador no iba nada errado, pues, a buen seguro, nos hallamos ante uno de los hombres más polifacéticos del siglo XX.

Del “Buen Doctor” sabemos que fue a la ciencia-ficción algo así como lo que Bob Marley al reggae. No en vano, sus incontables relatos y novelas influyeron –y siguen influyendo– de manera determinante en la evolución del género. Quizás sea menos conocida –que no menos prolífica– su faceta como divulgador en las más diversas áreas del conocimiento humano.

Efectivamente, más allá de la sci-fi, su ingente producción literaria cuenta con un sinfín de ensayos iniciáticos sobre las más variopintas ramas del saber. Por sólo mencionar algunas, la física, la literatura, la astronomía, la religión, la biología, la historia, la filosofía, las matemáticas, o la lingüística fueron, en algún momento, objeto de su interés. Tamaña heterogeneidad nos da idea de una incontenible curiosidad, un marcado afán didáctico, y una envidiable disponibilidad de tiempo libre.

Sin duda, existe una estrecha vinculación entre ambas dimensiones, la de escritor de ciencia ficción y la de divulgador multidisciplinar. Al menos, si entendemos la ciencia-ficción a la manera en que se entendía en la Edad de Oro, de la cual fue máximo exponente.

Con frecuencia, adscribimos automáticamente al género cualquier obra literaria o cinematográfica cuya acción transcurra a bordo de naves espaciales, en galaxias lejanas o en mundos futuros. Sin embargo, los autores clásicos no compartían esta acepción. Por descontado que sus historias estaban pobladas de naves, robots y viajes intergalácticos, pero tales elementos no eran tan decisivos como la interacción que establecían con el ser humano, o, dicho de otro modo, el impacto que su aparición suponía para nuestro modo de vida. Trataban de anticipar cómo sería el futuro, sí, pero no como mero divertimento o ejercicio de estilo, sino como una lúcida reflexión acerca de las implicaciones filosóficas y los conflictos éticos derivados de los avances tecnológicos.

(Por tanto, y por poner un ejemplo,  Alien de Ridley Scott no podría considerarse ciencia-ficción, sino una película de terror que sucede en el espacio. Del mismo modo, La Guerra de las Galaxias entraría en la categoría de saga de aventuras, por mucho que abunden las aeronaves, los sables láser, y todo tipo de artilugios ingeniosos.)

Así, ejercer la ciencia ficción al modo de Asimov requería no sólo de una portentosa imaginación, sino también de un profundo conocimiento del ser humano y de la sociedad, además de una sólida instrucción científica. De ahí que afirmemos que ambas vertientes (la de fantaseador y la de divulgador) bebían de un mismo manantial –el de su abrumadora cultura, adquirida, en parte, durante las incontables horas que dedicó a la lectura en su infancia y adolescencia– y se bifurcaban, canalizándose bien como ficción, bien como ensayo, para desesperación de su sufrida esposa, ávida de llevar a cabo un mínimo de vida social (entiéndase por “un mínimo” el salir a tomar café alguna tarde, licencia que no se solía permitir, por hallarse permanentemente absorto en sus escritos).

Bien podríamos considerar que hablamos del último de los renacentistas, aquellos superhombres capaces de ejercer con maestría cuantas artes y menesteres se les pusieran por delante. No tanto en un sentido material (pues, a diferencia de Leonardo o Michelangelo, Asimov sólo hizo una cosa, que fue escribir), pero sí en el plano intelectual, habida cuenta de su dominio de tan variadas materias científicas y humanísticas.

Semejante perfil resultaría, como poco, exótico en nuestros días, tan beligerantes con las Humanidades y, a la vez, tan ensimismados con la especialización y el postureo. Me encantaría –en realidad, no– ver a Asimov debatiendo –elijan ustedes el tema– con alguno de esos modernos todólogos de wikipedia que profanan nuestros hogares por vía de tertulias y demás aquelarres catódicos. Ya saben a qué me refiero, pobres diablos emanados de la Nada, que, en función de los vaivenes de la actualidad, devienen con idéntica naturalidad expertos en sismología, que en ciencia forense, o en astronaútica.

Por cierto, que algo similar a la wikipedia ya fue anticipado por el propio Asimov en la que para muchos es su obra cumbre: La Fundación. En esta saga, una enciclopedia que compendia la integridad del conocimiento humano es enviada a los confines del Universo para ser preservada de los peligros que amenazan a nuestra especie. Quién le iba a decir que aquella compilación de sabiduría, digna de ser protegida a toda costa, se convertiría un día en el arma definitiva de los mequetrefes.

En pocas semanas se cumplirán 25 años de la muerte de Isaac Asimov, lo cual no es una buena noticia. Pero sí lo es la gran cantidad de obras que nos legó. Cualquiera que  desee adquirir un conocimiento general de alguna de las materias mencionadas, encontrará en sus textos un lenguaje liviano, nada sesudo, asequible para el profano, y una aproximación sencilla y amena,  guiada por el mismo sentido del humor del que hacía gala en sus intervenciones públicas.

Buenos motivos para ponerse a leer y apagar la televisión, ese avance tecnológico cuyos peligros anticiparon no pocos escritores de ciencia-ficción. Pero esa ya es otra historia.

One Comment

  • César dice:

    Fantástico artículo de un seguidor practicante del bueno de IA (curiosas siglas, por cierto). Bravo, Lolo.

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